Con el pre-estreno en una función semi-privada de Maria Barilla, un musical a la colombiana, se inició el Festival Iberoamericano de Teatro que, una vez más, llenará de cultura los escenarios, las calles y las plazas de Bogotá para refrescar la ciudad que, en los últimos años, ha ayudado a definir.
La aútentica Maria Barilla en 1922
El jolgorio teatral hace parte ya de ese patrimonio inmaterial que acaba por construir una identidad y, por fortuna, a pesar de los vientos adversos que se empeñaron en atacarlo , parece gozar por ahora de cabal salud, con una junta directiva renovada que cuenta con la presencia del Ministerio de Cultura, en la persona de la actual ministra Mariana Garcés. Eso, en buena hora, implica un mayor involucramiento del estado tanto en las determinaciones como en el planteamiento a fondo de los procedimientos que garanticen una permanencia que amén de deseable es imprescindible en función de la construcción de una urdimbre cultural y, por lo tanto de una sociedad.
En cuanto a la obra elegida para esa apertura oficiosa y para la inauguración oficial que se lleva a cabo esta noche, coproducida por el Teatro Nacional y por la organización del evento, hay que decir que pese a los bríos del investigador, productor musical y conmpositor Leonardo Gomez, quien organizó el material y la escribió, lo conseguido deja que desear y no tanto por los fandangos, porros, cantos de juglaría, alguna cumbia y otras piezas de estirpe campesina que establecen un marco sonoro rico y sugerente, sino por la ausencia de tensión drámatica y riqueza conceptual en un argumento cuya debilidad, en consecuencia, plantea un desequilibrio que menoscaba la estructura y el interés.
Maria Barilla fue un paradigma del Caribe en principio por haber sido, por allá en las décadas de lo 30 y los 40, una cantadora cuya fama llegaba desde Uraba hasta la Guajira. Sin embargo, y más allá de eso, fue una adalid de los derechos de la mujer y de la lucha sindical en un momento en que la participación femenina en temas de cierta hondura era exótica en el país, y con más veras en una región como la sinuana. Por el talante del personaje se esperaba mucho más de un desarrollo que, con una dramatúrgia adecuada, hubiera podido enriquecerse en hondura y significación.
Si el asunto narrativo traía a la cabeza, por un cierto paralelismo temático, el Gaitán que escribió y produjo Maria Isabel Murillo hace unos años, el resultado puso de presente que el musical es un género arduo y dificil y que exige una teatralidad muy peculiar. Pese a los evidentes esfuerzos del director Pedro Salazar por conseguir una armazón, la estructura recordó las revistas centenaristas que alternaban un argumento de absoluta debilidad y diálogos de pobreza casi franciscana con números musicales. No obstante la experiencia en el mundo de la opera del regista le permitió ensamblar con limpieza las partes habladas y las escenas musicales. Hay que hacer la salvedad de que, en estas últimas, se lucieron sobre todo los juglares, cantadores y bailarines vernáculos que junto con la banda en el escenario recrearon la atmósfera musical de una de las regiones con mayor acervo folclorico del país.
Es preciso mencionar entre las virtudes del montaje una iluminación sugerente y el buen diseño escenográfico de Julian Hoyos. En cuanto a los dos protagonistas, Natalia Bedoya y Julián Román, descrestaron por unas dotes actorales que los hicieron sentir verosimiles y sobre todo por un talento interpretetivo en lo musical que se notó en las partes cantadas de sus respectivos papeles. Felicitaciones por esa integralidad que está definiendo, en el mundo, a los grandes actores de teatro.
En sintesis, una obra que sin ser suficiente como para inaugurar un certamen tan importante como el Iberoamericano la elemntalidad del concepto teatral, se deja ver y seguró conmoverá a los entusiastas de la música popular aunque la competencia con otras piezas disponibles en la cartelera puede ser muy dura.

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