La exposición de Napoleón, que por estos días se lleva a cabo en el Claustro de la Enseñanza en la calle 72 de Bogotá, resulta interesante aunque un cierto tono digno de la revista Hola, que le otorga atractivo visual, le resta profundidad.
En efecto, el recorrido no biográfico y tampoco político, como se advierte a la entrada, deja que la imagen de uno de los hombres más importantes de la historia se convierta, a lo largo de la exposición, en más rutilante que profunda. Eso sin contar con los errores y las liviandades, que aunque parezcan minúsculos no lo son, que surgen en varios de los, a todas luces, improvisados y de escasa médula textos de pared que caen en tonterías como traducir, por ejemplo, Notre Dame por "Nuestra Dama" en vez de Nuestra Señora como corresponde, o por escribir "Milano" como si no existiera la traducción de Milán
Sin embargo, y dejando minucias a un lado, hay que rescatar el nivel y lo atractivo de una muestra que, a la hora de nona, está realizada a partir sobre todo de una extraordinaria colección parisiense, todo parece indicar que privada, de recuerdos y de imagénes de un hombre cuyo genio le dió a la nación francesa una singular dimensión. El cuerpo o la enjundia de lo que se ve reside en lo iconográfico que incluye una magnifica cabeza de Napoléon del gran escultor italiano Antonio Canova - el mismo de la soberbia Paulina Bonaparte que está en la Villa Medicis de Roma- y que acaso sea la pieza de mayor nivel de la exposición, junto con un hermoso apunte de Jacques Louis David de la cabeza del papa Pio VII.
El montaje sin estar mal, tampoco descresta salvo en lo que se refiere a la coronación del emperador. Resulta interesante la selección de grabados, las piezas de comedor, unos cuantos muebles, un par de trajes y un tricornio, que junto con un mechón de Josefina Buharnais, con la carpeta de la anulación del matrimonio y con una carta son piezas que si pertenecieron a la intimidad del corso. Todo ello, sin embargo, tiende a mostrar más un estilo de vida que a destacar la inmensidad del personaje, a la cual tampoco se le otorga, en la información disponible, la relievancia que merece en lo político y en lo administrativo. Faltó un catálogo que, por su puesto, cualquier interesado hubiera comprado con mucho gusto y, en todo caso, un buen trabajo de sintesis histórica.
Napoleón más que un emperador de brillo cortesano o que un conquistador, merece ser recordado, sobre todo, como el insigne organizador de una nación cuyo descuaderne, después de la epoca el terror, era palmario a pesar del gran cambio ideológico que logró la Revolución. Este último aspecto esta casi ausente de la exposición aparte de una mencíón, o dos si acaso, del ejemplar Código Napoleónico que cambió además de Francia a muchas otras naciones de occidente y estableció los principios jurídicos bajo los cuales se organizaron poco después las repúblicas americanas.
Tampoco, en la exhibición, parece ser sufiente el énfasis en lo militar. Se dejan de lado campañas tan notables como las de Austria y Baviera, por ejemplo, y episodios bélicos tan significativos como Jena, Wagram, Friedlan etc. La determinante, sobre todo desde lo cultural, campaña de Egipto se omite casi por completo y por ninguna parte se mencionan los grandes mariscales que debe figurar entre los militares más distinguidos de toda la historia. Los grandes fracasos como Trafalgar, Rusia, España y aún Waterloo también se evaden; ni se mencionan a Wellington o al insigne Horatio Nelson, los grandes antagonistas del emperador. Faltan, con una única excepción, mapas que ilustren los movimientos de la Grand Armée y la expansión de Francia lo que hubiera contribuido a delinear y a consolidar la dimensión real de una figura gigantezca.
Tampoco, en la exhibición, parece ser sufiente el énfasis en lo militar. Se dejan de lado campañas tan notables como las de Austria y Baviera, por ejemplo, y episodios bélicos tan significativos como Jena, Wagram, Friedlan etc. La determinante, sobre todo desde lo cultural, campaña de Egipto se omite casi por completo y por ninguna parte se mencionan los grandes mariscales que debe figurar entre los militares más distinguidos de toda la historia. Los grandes fracasos como Trafalgar, Rusia, España y aún Waterloo también se evaden; ni se mencionan a Wellington o al insigne Horatio Nelson, los grandes antagonistas del emperador. Faltan, con una única excepción, mapas que ilustren los movimientos de la Grand Armée y la expansión de Francia lo que hubiera contribuido a delinear y a consolidar la dimensión real de una figura gigantezca.
Por supuesto, se entiende que no era posible conseguir piezas suficientes como para narrar toda la historia, pero en la moderna museología una conveniente información suele subsanar con creces la carencia de objetos y es innegable que faltó. No obstante, y a pesar de lo ya expresado, en un lugar a veces tan arido como Bogotá bien vale la pena visitar una exposición que tiene el prurito de llamar la atención sobre un momento apasionante de la historia y, sobre todo, sobre un personaje fascinante. Es preciso, eso si, investigar un poco más después de visitar la muestra y de ninguna manera satisfacerse apenas con una punta del tempano más bien anecdótica.
¡Ah! y un consejo para los organizadores: en el mundo del mercadeo los patrocionadores son fundamentales. No es justo que sus logotipos aparezcan como auténticas miniaturas al final de una muestra que se pudo realizar gracias a sus aportes¿Que trabajo cuesta devolverles a los padrinos, en menciones o en notoriedad, una minima equivalencia de cuanto aportaron? Ojalá que muy pronto quienes se la juegan por la cultura aprendan que es indispensable pedir apoyo pero que también es preciso retribuirlo.
En relacíón solo con el último párrafo del texto (porque el personaje de la exposición me repugna!):
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo con el necesario reconocimiento "digno" de los padrinos, quienes muchas veces reemplazan al Estado en el campo de la cultura!
En este caso la situación es extrema puesto que los organizadores de esta exposición ignoraron al principal patrocinador: EL QUE PRESTÓ EL RECINTO donde se lleva a cabo la exposición! Los dueños del CLAUSTRO, después de no cobrar un peso, no obtuvieron una sola réplica de su logotipo en el mezquino tamaño utilizado, tanto en las invitaciones como en la misma exposición, ni tampoco un agradecimiento en el discurso de inauguración!
De qué se trata? Quién cree que merece - como Napoleón - ser "emperador(a)" de la cultura? Quién, entonces, quiere acaparar todo el protagonismo?
Aunque sospecho el nombre, "adivine adivinador .... qué animalita chupa .... y no dice de dónde"!!!